Historia de las mujeres latinoamericanas Hacia una síntesis propia Un conjuro contra la discriminación
aucan @ 11:59
ya sólo un opuesto de lo masculino sino algo en sí mismo,
Algo que no haga pensar en complemento y límite, sino solamente
En vida y existencia: el ser humano femenino.
Rainer María Rilke, Cartas a un joven poeta.
Tradicionalmente, los relatos históricos han condenado al olvido a las mujeres. La Historia androcéntrica, escrita por varones, recuperó la experiencia masculina. Así, la Historia Universal nos legó las luchas por el poder, la vida de los soberanos, los conflictos armados, los sistemas económicos, políticos y sociales, silenciando y minimizando todo aquello que suponía invertir la mirada masculina.
La Historia de las Mujeres estuvo vinculada, estrechamente al surgimiento del feminismo. Este movimiento muchas veces mal interpretado y asumido como “en contra de los hombres” y no como opuesto a la dominación de los varones sobre las mujeres, surgió de la mano de la modernidad. Su consolidación como pensamiento y movimiento reivindicatorio de los derechos de las mujeres coincidió en el plano político con la creación de los estados nacionales, las discusiones en torno al sufragio y las transformaciones económicas y sociales.
En nuestra sociedad cada vez que se discute la situación de las mujeres, poniendo en evidencia las desigualdades existentes en relación a los varones y se intentan soluciones de transformación, existe un acuerdo generalizado de pensar a la educación como la vía privilegiada para superar las actitudes discriminatorias, los prejuicios y los modelos esquemáticos y rígidos acerca de la feminidad y masculinidad. En tal sentido, reforzar y dar a conocer la experiencia de las mujeres latinoamericanas a escala regional nos permite entender, por un lado, que la opresión actual es fruto de un largo proceso y no un destino biológico; y, por otra parte incorporar el conocimiento de una rica experiencia histórica. No existe la esencia de un sujeto eterno femenino, pero si un lugar de existencia subordinado.
La subordinación de las mujeres fue el resultado del sistema patriarcal
El patriarcado, en su definición más amplia, es la manifestación e institucionalización del dominio masculino sobre las mujeres y los niños de la familia y la ampliación de ese dominio masculino sobre las mujeres a la sociedad en general. Este dominio de un sexo sobre otro se inició en el quinto milenio AP y continúa en la actualidad. Si bien se impone universalmente, en cada lugar y en cada momento histórico sufrió transformaciones.
La mayoría de los trabajos sobre Latinoamérica no relatan la historia de sus mujeres en este espacio regional, sino que son estudios particulares, centrados en un país o incluso en espacios menores. Lo que deja un vacío, que compromete el abordaje de una síntesis propia. El análisis de la participación femenina en este fascículo está ligado a enfatizar la constitución de la mujer como sujeto capaz de superar su enajenación, es decir, como actora social. Pensemos que las transformaciones sociales y políticas realizadas en el siglo XX no se hicieron desde la nada, y la participación de las mujeres en las mismas debe entenderse como una larga tradición que hunde sus raíces en un proceso histórico controvertido y desgarrado.
Pensemos que condicionados culturalmente, cada sexo ha adquirido una connotación social, sobre la cual se imprimen los roles de cada uno. Nada de lo asignado tiene que ver con un orden natural, muy por el contrario, cada sociedad forma los varones y mujeres que necesita.
Mujeres en las sociedades originarias de América
Según las teorías actuales, el poblamiento de América fue un proceso que se inició hace 15.000 a 20.000 AP, desde el Norte hacia el Sur. De acuerdo con la evidencia arqueológica estos primeros americanos/as conformaban grupos de cazadores-recolectores y horticultores. El lugar de las mujeres dentro de esta organización social era muy diferente a la de las mujeres actuales. Eran grupos nómades de tamaño variable que muchas veces se subdividían para volver a reunirse, en los cuales los individuos se integraban por afiliación. Incluso, la crianza de los menores y el aprendizaje de palabras era asumido por todo el grupo, no por las mujeres.
Para muchos autores, en este período las mujeres tuvieron una sensualidad sin autorrepresiones o represiones masculinas lo que les permitió disfrutar del placer sexual. Es interesante señalar el caso de estudios antropológicos realizados, por ejemplo, con las mujeres guajibas[1] que conocen el uso del clítoris[2] netuu tsutsubare, que significa “mámame la clítoris”.[3], lo cual demuestra un conocimiento profundo del placer en la sexualidad como parte de la vida femenina y no solo como función reproductora.
Entre los años 12.000 y el 7000 A.P. surgieron las culturas agroalfareras en algunos puntos del continente que se caracterizaron por lograr la domesticación de las plantas y los animales, la confección de la cerámica, cestería (que ya existía en los grupos nómades) y la metalurgia. Actividades que impulsaron y a la vez fueron promovidas por grupos más estables en sus territorios, es decir sedentarios. Así, por testimonios arqueológicos se ha podido establecer que las mujeres fueron grandes artífices de la alfarería y la cestería en nuestro continente.
Otra manifestación de la importancia de las mujeres en estas culturas se verifica en el plano mágico-religioso, con el culto de las diosas de la fertilidad. Por ejemplo, en la región del Lago de Valencia en Venezuela se han encontrado una gran variedad de figuras humanas de arcilla, todas femeninas o sin sexo definido, relacionadas con ritos de fertilidad. Pero no sólo desde este punto de vista su importancia es indiscutible, también lo es desde el punto de vista de su inserción en la actividad económica y social.
De todas formas, en estas sociedades se empieza a poner en evidencia la desigualdad entre los sexos. En América, se produjo la circulación de mujeres entre diferentes grupos como una necesidad para asegurar la reproducción de la comunidad y esta práctica, a su vez, sentó las bases objetivas del inicio de la opresión de las mujeres. Por otra parte, los primeros síntomas de dominación los advertimos en la división sexual del trabajo. Hay que tener presente que este primer sometimiento, en comunidades donde no existía la propiedad y el estado, no fue el resultado directo de su condición de reproductora de la vida, sino de un largo proceso social histórico, impuesta por la dominación de un sexo sobre otro, donde la fuerza física jugó un papel importante. Incluso para el grupo de varones dominadores funcionó como una práctica para implementar el sometimiento sobre otros grupos foráneos de la comunidad primitiva.
Esto significó que, al momento del desembarco europeo en América, ya existieran estructuras patriarcales. Claro que, a partir del papel desempeñado por las mujeres en la economía, la religiosidad y otros aspectos de la vida, estaban sometidas a una estructura patriarcal más laxa que la europea y cargadas de otros significados. También implicaría que, luego de la conquista, las mujeres indígenas no solo tuvieron que soportar la imposición de los parámetros culturales europeos en general sino la brutal dominación de una estructura patriarcal más agresiva y rígida, que no contempló ámbitos de poder que las antiguas culturas americanas todavía les otorgaban.
En segundo milenio AP se produjo en algunas sociedades americanas la transición entre el modo de producción comunal y el llamado modo de producción asiático que caracterizó las formaciones sociales de los grandes estados prehispánicos como el inca y el azteca. Este modo de producción se basa en la existencia de comunidades autosuficientes que se encontraban bajo el dominio de un reino o imperio que extraía o bien tributo, o bien trabajo comunitario para la realización de obras públicas, ceremoniales, etc. Sin embargo, no todos los pueblos aborígenes atravesaron por este período de transición. En el momento de la conquista hispano-lusitana, gran número de las culturas aborígenes eran sociedades agro-alfareras, que mantenían el modo de producción comunal; coexistiendo con otros pueblos que seguían siendo cazadores, recolectores y horticultores.
Este proceso fue desigual, tanto en tiempo como en espacio. Mientras algunos pueblos atravesaron esta transición en el tercer milenio AP, otros, la vivieron posteriormente. Estas formaciones sociales continuaron basándose en el modo de producción comunal y en la posesión colectiva de la tierra. Sin embargo, ya se daban los primeros pasos que incrementarían la diferenciación social de estas comunidades.
Con el surgimiento de la agricultura y la ganadería los excedentes, que antes estaban dispersos en todo el grupo, comenzaron a ser concentrados a nivel regional por los jefes y chamanes en un proceso de adquisición de rangos y jerarquías.
Dentro de este proceso general, sin embargo, las mujeres, en muchos casos, siguieron participando activamente en el reparto colectivo de las cosechas y en las decisiones de la comunidad. Entre los quimbayas, aborígenes del centro de Colombia, las mujeres casadas, hijas y viudas tenían, poco antes de la llegada de los españoles, voz y voto en las decisiones, además de derechos de sucesión en el cacicazgo. Inclusive en sociedades fuertemente estratificadas como la de los mayas, las mujeres desempeñaban funciones de importancia en la vida social y cotidiana como lo demuestran muchísimas figurillas de cerámica y esculturas que se han conservado. Por ejemplo, en el mundo mitológico, el Popol-Vuh recupera una teogonía maya donde el esperma masculino no parece ser necesario para la fecundación: Una doncella llamada Ixquic escuchó la historia de los frutos de un árbol que estaba en un sitio llamado Pucbal-Chah. Al llegar al lugar el árbol le preguntó: -¿Qué es lo que quieres? Estos objetos redondos que cubren mis ramas no son más que calaveras, por ventura ¿los quieres? -Si, los deseo, contestó la doncella. -Muy bien, interrumpió la calavera. -Extiende hacia acá tu mano derecha. -Bien replicó la joven, y aceptó la sugerencia. En ese instante la calavera la escupió y su saliva cayó directamente sobre la palma de la mano de la doncella. Habiendo concebido dos hijos en su vientre por la sola virtud de la saliva, la doncella retornó de inmediato a su casa. Así fueron engendrados Hunahpú e Ixbalanqué dos personajes míticos de esta cultura.
No obstante el acelerado proceso que llevó hacia el patriarcado en los estados inca y azteca, todavía las mujeres mantuvieron roles importantes en dichas culturas, aunque las urgencias de mano de obra del imperio colisionaban con las tradicionales necesidades de las mujeres en las comunidades-base. En relación inversa, mientras más aumentaba la producción social y el poder público, la participación y autoridad de las mujeres se reducía. No obstante esta situación de creciente sometimiento, no podemos dejar de señalar que las mujeres americanas en la época prehispánica conservaban más relevancia social que sus contemporáneas de la sociedad feudal europea.
Las mujeres en la Sociedad Colonial
La posición y papel histórico de las mujeres, durante la colonia, fue el cáliz donde se mezclaron los procesos propios que se venían dando en la región y la violencia con que españoles y portugueses impusieron una nueva normativa.
Desde el punto de vista de las relaciones inter-género, fue un período de consolidación del patriarcado tanto en la sociedad blanca como en la mestiza. Al mismo tiempo, se aceleraba la transformación a ese régimen de las comunidades originarias. Por último, no debemos olvidar que se incluía a un nuevo actor: los esclavos provenientes de África.
La colonización separó la producción del consumo, especialmente en los centros mineros y agropecuarios desarrollados en función de la economía de exportación. Si bien dentro de las comunidades aborígenes se mantuvo una economía de subsistencia, donde las mujeres seguían desempeñando un papel importante al mantener una estrecha relación entre producción y consumo, en las principales áreas de la economía colonial el fenómeno productivo se autonomizó, separándose del consumo.
El trabajo doméstico en la población blanca y mestiza empezó a ser funcional al régimen colonial de dominación, tanto en lo referente a la producción de la fuerza de trabajo como a su reposición diaria. El trabajo de las mujeres fue asimilado al llamado trabajo doméstico, y el de los hombres al nuevo tipo de producción social para el mercado. El papel de las mujeres como reproductoras de la vida apareció entonces minimizado, cuando, como surge de muchos mitos, en muchas culturas aborígenes lo habían considerado como un acto sagrado generador de todo.
En América colonial fue distinto el trabajo desempeñado por las mujeres de origen blanco que el realizado por las indígenas, negras, mestizas y mulatas.
Las primeras recluidas en el hogar, educaron hijos e hijas que consolidaron el sistema de dominación colonial, aunque también sufrieron el peso del patriarcado.
Las mujeres indígenas también tributaron sexualmente para los conquistadores, que se apropiaron así de su capacidad reproductora, perdiendo paulatinamente su capacidad erótica en esta función sexual-reproductora, separada del placer. Este proceso también es aplicable a las mestizas que aceptaron a lo largo del tiempo la subordinación en este y otros planos de la existencia, proceso que las llevó a una despersonalización o pérdida de identidad. Cuando pudo, la mujer indígena utilizó a sus hijos mestizos para presionar al padre blanco, ya sea para no pagar tributos o lograr una mayor movilidad social.
Las mayoría de las mujeres negras, en su calidad de esclavas transfirió diferentes valores con su trabajo: por un lado, a partir de las tareas productivas en las plantaciones, también trabajando en las tareas domésticas, al servicio de los patrones, en las casas señoriales del campo y la ciudad y sólo en pequeña medida y muy a regañadientes, reproduciendo la fuerza de trabajo esclava.
En algunas colonias las libertas llegaron a trabajar como asalariadas, pero ganando menos que los jornaleros negros, como lo muestran las Ordenanzas del Cabildo de Santo Domingo en el siglo XVIII: “el jornal de la negra ha de ser el tercio menos que el del negro”.
Las formas de luchas y resistencias de las mujeres no siempre se encuentran en las acciones que convencionalmente son tomadas como tales. Es casi siempre desde los cuerpos el lugar donde las mujeres muestran y confrontan la dominación. Por ejemplo, con la llegada de los europeos se impuso a las culturas americanas un nuevo criterio relativo al concepto y valor de la virginidad. Algunos testimonios nos ilustran sobre el tema. Fernández de Oviedo observó la siguiente conducta entre los indígenas: “es preguntado al padre o la madre de la novia si viene virgen; e si dicen que sí, y el marido no la halla tal, se la torna y el marido queda libre y ella por mala mujer conocida; pero si no es virgen y ellos son contentos, pasa el matrimonio, cuando antes de consumar la cópula avisaron que no era virgen, porque muchos hay que quieren más a las corrompidas que no las vírgenes”. Para los aborígenes, resulta claro que la sanción social iba sobre la mentira más que sobre el hecho en sí de la virginidad. Y sabemos que en lugares como Nicaragua la violación era castigada con la reducción a la esclavitud del culpable, en beneficio de los padres de la víctima. El cronista López de Gomara, refiriéndose a las mujeres de Mesoamérica, escribía: “nada les importa la virginidad”.
El aborto era práctica habitual en América precolombina, especialmente entre las jóvenes, ya que no era acto censurado[4].
En los siglos de la dominación colonial, las mujeres indígenas y negras recurrieron a formas de resistencia quizás pasivas, oponiéndose a la procreación. Esta forma de protesta era más evidente en las esclavas africanas. Cuando en el siglo XVIII los esclavos subieron de precio, se estimuló que las esclavas tuvieran hijos, de esta forma; los dueños promovieron matrimonios y reducían el tiempo de trabajo de las embarazadas. A pesar de todo, las esclavas no abandonaron las prácticas abortivas, muy probablemente como negativa a procrear hijos esclavos.
La maternidad siguió siendo un hecho natural pero bajo la colonia la paternidad se convirtió en un fenómeno social inédito en América por cuanto, a diferencia de las culturas precolombinas, hubo que certificar la filiación de los hijos, estableciendo claramente su origen de casta. A ninguna mujer indígena se le hubiera ocurrido en el pasado presentar pruebas de su maternidad. Con la implantación de costumbres europeas, los varones establecieron la monogamia obligatoria, para que no surgieran dudas respecto de su paternidad. Como consecuencia de estas modificaciones, de la institucionalización de las relaciones intersexuales y complemento del matrimonio monógamo, aparecería en América la prostitución.
Por otra parte, interrumpiendo la milenaria tradición de que la mujer es la creadora de la vida, simbolizada en las Diosas-Madre de los pueblos agro-alfareros, los españoles y portugueses trajeron a América el concepto sexista, aristotélico, de que el verdadero generador de la vida es el varón, que provee con su esperma la materia viva, mientras que las mujeres son solo el receptáculo pasivo. Para Aristóteles, los varones con el esperma depositaban en la mujer un hombre pequeño, que con los meses iba creciendo y desarrollándose. Si en la gestación prevalecía lo femenino que era la materia y no la forma que era lo masculino, ese cuerpo pequeño degeneraba en mujer. Si “todo iba bien” y predominaba lo masculino se formaría un varón. En esta concepción, las mujeres, son un recipiente cuya función es contener y alimentar lo depositado por los varones, asignándole de esta manera un rol secundario.
Casi todas las concepciones sobre sexualidad y conducta femenina correcta fueron difundidas a través de la doctrina cristiana, poniendo a la Virgen María como ejemplo a seguir. Aunque la recepción por parte de las mujeres americanas no fue la que los conquistadores esperaban, así la figura de la madre de Cristo dio origen a todos los procesos de sincretismo de las antiguas Diosas-madres y deidades africanas. Lo que no es sorprendente ya que la idea de “mujer sin mancha”, virgen pero madre, fue una idea moldeada durante siglos en la sociedad europea, aceptada por los conquistadores, pero extraña a las otras culturas constituyentes de la sociedad colonial.
Las mujeres de la Independencia
El movimiento emancipador latinoamericano fue un proceso complejo y contradictorio. Fue la confluencia de un conflicto dinástico español, la penetración comercial inglesa, que impactaron sobre una comunidad con grandes tensiones sociales. Esto dio origen a una guerra de una década y media que también puede entenderse como una primera guerra civil ya que hubo americanos que participaron en los bandos revolucionario y realista.
Sin embargo, desde un punto de vista general, significó el fin de la sociedad colonial donde, además de la exacción material metropolitana, existía un sometimiento político de los grupos criollos y una sociedad de castas que implicaba derechos diferenciados derivados de su nacimiento.
Por tal motivo, y más allá de las diferencias ideológicas de los distintos grupos independentistas, existía el planteo de formar una nueva sociedad donde existiera libertad política, económica y eliminar las aberrantes desigualdades de la sociedad de castas. No es casual que los procesos independentistas, en su gran mayoría, incluyeran la progresiva liberación de los esclavos.
Por tal motivo, las mujeres, como todos los sectores de la sociedad participaron activamente en la guerra de la emancipación americana. Evidentemente, hubo mujeres que participaron activamente de la causa realista y en esta elección tuvo mucho que ver su inclusión dentro de la sociedad colonial o directamente opciones ideológicas. Sin embargo, en su mayor parte, las mujeres acompañaron la lucha por la independencia ya que tenían poco que ganar con una sociedad que ni siquiera le ofrecía promesas. Claro que también hay que tener en cuenta que estas promesas de libertad no tuvieron un correlato directo con la situación de las mujeres en la sociedad postindependentista.
A pesar de este protagonismo las mujeres fueron olvidadas en las narraciones historiográficas tradicionales, sólo aparecen aquellas mujeres de la élite como instrumento de los proyectos de sus maridos, padres y hermanos.
Sin embargo, también las indígenas, las negras y mestizas fueron protagonistas y contribuyeron para el triunfo de la revolución. Las mujeres de pueblo no sólo realizaron tareas de espionaje o de correo, también acompañaron a los ejércitos patriotas y no dudaron en tomar el fusil contra la dominación realista.
También es cierto que las mujeres de la élite criolla jugaron un papel trascendente, entre ellas, la ecuatoriana Manuela Cañizares. Es digno de destacar con respecto a ella, que en una época en que pocas mujeres eran alfabetas, Manuela conocía a los iluministas franceses. En su casa se reunían personajes importantes para debatir sobre la revolución francesa y de sus postulados de igualdad, libertad y fraternidad. Firmemente embanderada con la causa independentista, Manuela Cañizares consiguió adherentes y no pocas veces se enfrentó a los indecisos.
Otro ejemplo fue el de la colombiana Polonia Salvatierra y Ríos; conocida bajo el seudónimo de Policarpa, que actuó como enlace de los revolucionarios en el período de la reconquista española, enviando mensajes anticoloniales camuflados en naranjas. Descubierta su actividad de espionaje y contraespionaje por los realistas, fue fusilada el 10 de noviembre de 1817, poco antes de la llegada del ejército libertador comandado por Simón Bolívar.
En Chile nos encontramos con Francisca Javiera Carrera, hermana de José Miguel, el presidente de la junta chilena de 1811 a 1814. Fue una infatigable y consecuente militante de los ideales libertarios, tanto en los días de triunfo como en los de la reacción realista que llevó a sus hermanos al exilio. Cuando los dirigentes criollos más moderados se aferraban a la fórmula de gobernar en nombre de Fernando VII, Javiera sostuvo un permanente repudio a la corona española.
Josefa Camejo, venezolana nacida en 1791, arengó a los jóvenes caraqueños encabezados por José Félix Ribas. Combatió junto a su compañero, Juan Nepomuceno Briceño Méndez, en la campaña de los llanos contra los realistas de José Boves. Cuando los realistas reconquistaron Caracas organizaba bailes para facilitar los contactos clandestinos de los patriotas.
Junto a estas líderes, lucharon anónimamente decenas de miles de mestizas, indígenas, negras, cuya tarea no fue menos eficaz. Incluso en las luchas guerrilleras lucharon militarmente junto con los varones. El caso más conocido es el de Juana Azurduy de Padilla quien a la muerte de su marido asumió las funciones de jefatura en la resistencia contra los realistas en el Alto Perú.
Pero la presencia de la mujer en la guerra de la independencia no se circunscribió a aspectos políticos y militares. La mayoría de las mujeres se debió hacer cargo de las tareas productivas en el campo y en las ciudades cuando los varones partían para incorporarse a los ejércitos libertadores. Esto también implicaba la crianza de los hijos e hijas pequeños que luego ocuparían el lugar de los caídos en la lucha.
La participación femenina en las luchas políticas del período independiente
A pesar del protagonismo y presencia en las lides revolucionarias, la cristalización de la sociedad criolla fue un mantenimiento de la dominación patriarcal. Al finalizar la guerra de la independencia sobrevino en muchos países de América luchas políticas que llevaron a verdaderas guerras civiles.
Las mujeres no permanecieron ausentes de este proceso. Aunque muchas veces a la zaga de sus maridos, las mujeres campesinas tuvieron una forma de realización en las guerras civiles del siglo XIX.
En Colombia, “las voluntarias, las vivanderas, las juanas, fueron inseparables de los ejércitos y el mejor sostén con que podía contar el campesino soldado. Las vivanderas no solamente hacían comida, sino que difundían falsas noticias en el campo enemigo y obtenían pólvora de sus cuarteles. Finalmente también participaron de episodios bélicos como soldados. La participación y el compromiso de las mujeres fue testimoniado por muchos contemporáneos en sus escritos fundamentalmente aquellas que acompañaban a los ejércitos. El pueblo las llamaba “voluntarias”, se las veía agobiadas con sus maletas y algunas con sus hijos, todo encima de sus espaldas. Entre otras tareas, cocinaban, lavaban la ropa de los oficiales por una escasa paga, asistían y cuidaban a los enfermos y se prestaban a toda clase de sacrificios para que las tolerasen y no les impidiesen seguir a sus compañeros. En los combates su heroísmo las destacaba, se metían por entre los caballos, apartando las lanzas enemigas. Clemencia Celis y “la Loaiza” fueron mujeres que se distinguieron en el campo de batalla. En este caso, como ha ocurrido en muchas guerras las mujeres debieron adoptar vestimentas masculinas para poder ser aceptadas como soldados en las filas del ejército.
Con una forma de lucha diferente, una mujer chilena, Rosario Ortiz, “La Monche” fue una de las primeras mujeres que logró destacarse en las luchas sociales y políticas. Nacida en Concepción fue una de las primeras periodistas de América Latina y en este carácter integró la redacción del diario “El amigo del pueblo”, principal órgano de prensa de la oposición al gobierno conservador. Luego de una revolución fracasada en 1859, se refugió con los mapuches en sus tolderías, muriendo años más tarde pobre y olvidada. En el cementerio de Concepción todavía existe una modesta tumba donde se encuentra grabado este sentido epitafio: “Aquí descansa la Monche, vivió y murió por la libertad. Un obrero.”[5]
Las mujeres argentinas, principalmente las del interior, participaron activamente en las guerras civiles de nuestro país desde 1820 hasta la década de 1870. Una de ellas fue Eulalia Ares de Vildoza, catamarqueña, jefa de una insurrección que depuso al gobernador de Catamarca en 1862. Eulalia fue a Santiago del Estero en busca de armas y al regreso convocó a sus amigas a una reunión en la que se convino atacar la sede de gobierno. Vestidas con ropas masculinas, el 18 de agosto de 1862 veintitrés mujeres tomaron el cuartel y, luego, apoyadas por la gente adicta, asaltaron la casa del gobernador, que se negaba a entregar el mando al nuevo funcionario electo, y lo hicieron huir de la provincia. Interinamente Eulalia se hizo cargo del gobierno, organizó un plebiscito y entregó el mando al gobernador electo.
Sin embargo, esta participación de las mujeres en las luchas populares no brindó para ellas los frutos esperados. La segunda parte del siglo XIX estuvo signado por la formación de las repúblicas liberales que terminó de ocluir la participación pública y militante de las mujeres al equipararla en los códigos con los menores, los locos y los deficientes.
Sufragio
Quedé muerto luego como planta y tomé una forma sensible.
Quedé muerto luego como animal, me puse atuendo humano.
¿Cuándo me hice menos por la muerte?
Rumi
El avance del estado moderno con sus códigos y leyes cristalizó para las mujeres una situación de subordinación que, con leves matices, se impuso en todos los países de la región. Las normas legales de los países latinoamericanos equipararon a las mujeres con el mismo status jurídico que un menor, es decir, una persona carente de autonomía que debía depender de un sujeto responsable que velara por ella.
Para ilustrar este avance sobre la autonomía de las mujeres vamos referir uno de los tantos ejemplos que tuvieron lugar en la región que también demuestra que este retroceso no fue aceptado pasivamente por las mujeres: Un grupo de chilenas, aprovechando que la Constitución de 1833 no establecía taxativamente la prohibición del voto femenino, decidieron ejercer sus derechos electorales en 1876. Hasta el momento las mujeres no habían reclamado por este ejercicio de ciudadanía. En aquel momento las mujeres de San Felipe quisieron hacerlo efectivo y se calificaron. En respuesta los políticos de Santiago interpelaron agresivamente en la Cámara al ministro Zenteno, quién, para asombro de todos, sostuvo que a su juicio las mujeres podían y debían votar, porque la Constitución y la ley de 1874 les daba ese derecho. Así fue que un sector de mujeres, apoyándose en la resolución del ministro Zenteno, se inscribió para votar por Benjamín Vicuña Mackenna en las elecciones presidenciales. Al calor de la campaña antioligárquica de este candidato, las mujeres reclamaron el derecho a sufragio y, a pesar de la negativa de las autoridades, alcanzaron a inscribirse en La Serena. Este paso de las mujeres chilenas, en momentos en que empezaba a asomar el movimiento sufragista femenino europeo y norteamericano, constituyó uno de los primeros antecedentes en América latina de la lucha por los derechos igualitarios de las mujeres. El epílogo de este proceso fue una reforma introducida por la ley de 1884 que negó de un modo expreso el voto a las mujeres.
Esta no fue una excepción, en la Argentina Julieta Lanteri en la segunda década del siglo XX protagonizó un episodio similar, ya que la Constitución de 1853 no prohíbe el voto femenino, sino que la ley electoral de 1912, exigió el enrolamiento, es decir la inscripción en el padrón. Esto llevó a la sufragista argentina a inscribirse para cumplir con el servicio militar y así ejercer su derecho ciudadano. Esta solicitud fue rechazada y las mujeres debieron seguir luchando hasta 1947 para votar.
Estos episodios tuvieron correlatos en muchos países de la región, y pauta el valor de lo no-dicho ya que el menosprecio a las mujeres fue tal que ni siquiera las constituciones latinoamericanas del siglo XIX incluyeron taxativamente en sus artículos que no podían votar. La cultura y los grupos dominantes dieron por supuesto que el calificativo de ciudadano solo correspondía a los varones. Cuando las mujeres demostraron su decisión de votar, los sectores dominantes reformaron las normativas, dejando expresamente establecido que no tenían derecho al voto.
Lo no-dicho fue la rendija que les permitió a las mujeres entrar en la Historia. La mirada feminista resignifica estos episodios justamente como el lugar de la invisibilidad que debe ser revertido. Lo importante, a partir de la historiografía feminista, fue romper el grado de la excepcionalidad. Todos los logros que las mujeres excepcionales consiguieron fueron importantes para hacer visible la dominación de género. El mayor avance fue, darnos cuenta, que tuvimos derecho a hacer valer nuestras invisibilidades porque lo visible o invisible es también una categoría como lo dicho y lo no-dicho.
Las mujeres en la realidad latinoamericana del siglo XX
Luego de tantas luchas, el siglo XX, comenzó a registrar los primeros logros en el orden de los derechos políticos.
En Ecuador, aprovechando que la Constitución de 1827 hablaba en general de los derechos ciudadanos sin especificar ninguna prohibición respecto del sexo femenino, Matilde Hidalgo, primera doctora en Medicina de ese país, se inscribió en los registros electorales. Jenny Estrada, su biógrafa nos relata amenamente este suceso: “Ante la presencia de Matilde, los miembros de la Junta Electoral, se desconciertan e indican que el voto en Ecuador es únicamente para hombres; ella no se arredra; reclama la igualdad, y el mismo día 2 de mayo de 1924 queda empadronada, con la reserva de someter su caso a consulta ministerial. El doctor Francisco Ochoa Ortiz responde el 8 de mayo, expresando que no hay prohibición para que las mujeres se inscriban, ya que la ley no especifica el sexo”. De esta manera el 9 de junio de 1924 se aprobó el derecho al voto femenino, convirtiéndose Ecuador en el primer país de América Latina en otorgar este derecho igualitario. El último país de la región en obtener esta conquista fue Paraguay en 1961.
Las leyes civiles que equiparaban a las mujeres a los menores también comenzaron a retroceder. Las primeras en obtener el derecho al divorcio fueron las uruguayas en 1907, luego siguió Cuba en 1917 que agregó otra importante conquista en 1918: la patria potestad para las mujeres.
Estas conquistas difieren en cada país donde los derechos políticos, civiles y sociales se abrieron camino de maneras particulares. Sin embargo las luchas y reivindicaciones femeninas no terminaron. Entre 1940 y 1970, se produce un importante protagonismo social de las mujeres en toda la región accediendo a la vida pública como nunca antes se había experimentado.
Pero las reivindicaciones femeninas no abarcaron solamente aspectos civiles o políticos sino también reivindicaciones sociales específicas de cada sector del colectivo de las mujeres.
Desde los inicios del movimiento obrero en América Latina, las mujeres estuvieron en el centro de los debates generados en torno a cuestiones sociales. En efecto, las obreras y también los niños realizaban tareas similares a las de los varones recibiendo menores salarios. Esto llevó a que los empleadores privilegiaran la contratación de mujeres. Esto fue tomado en cuenta por los primeros sindicatos y sociedades de resistencia que exigieron reglamentaciones especiales.
En la Argentina en 1902 se incluyó un artículo relativo al trabajo de mujeres y menores dentro de un frustrado proyecto de Código de Trabajo y en 1907 se aprobó una ley que fue la segunda ley obrera aprobada en este país, en este sentido. Pero la normativa específica relativa a mujeres trabajadoras no terminaría con esta ley.
En efecto, la maternidad y las necesidades biológicas de las mujeres también tuvieron que ser contempladas. Leyes que impedían que las mujeres permanecieran largas horas de pie en sus trabajos, la llamada “Ley de las Sillas”, licencias por maternidad o posteriormente una ley estableciendo el llamado “día femenino” también serían promulgadas. Incluso leyes más modernas como aquellas que penan el “acoso sexual” pueden entenderse dentro de estas reivindicaciones sociales.
El mundo de trabajo es uno de los ámbitos donde en mayor medida se visualizan las desigualdades de género. La mayor parte de las mujeres reciben remuneraciones inferiores respecto de sus pares varones por los mismos tipos de tarea. Existen muchas menos mujeres en puestos de dirección y los recortes de personal, siempre empiezan por ellas.
Incluso, la desocupación es visibilizada en forma muy diferente entre varones y mujeres. Aunque muchas mujeres son el verdadero sostén económico de las familias, siempre se considera que el varón debe proporcionar el sustento familiar y, en tal sentido, la pérdida del trabajo es tomado en forma claramente diferente para uno y otro género.
Las mujeres campesinas no han recibido un tratamiento demasiado exhaustivo por la historiografía, incluso por aquellas que se ocupan de género. Esto no significa que no tengan particularidades específicas. En la unidad de producción campesina el trabajo es esencialmente familiar con pocas diferenciaciones sexuales. Las mujeres siembran, ordeñan, alimentan animales, cosechan y acopian desde muy corta edad a la par de sus hermanos y maridos, además de tener a cargo las tareas domésticas. Han tenido participación en las luchas por la tierra, enfrentando la voracidad de los terratenientes, pero dentro de estos movimientos no han tenido reivindicaciones propias. Incluso, en los movimientos de lucha han participado activamente, pero no en lugares de dirección.
Feminismo y movimiento de mujeres
Por último, debemos hacer mención al surgimiento del movimiento feminista, especialmente aquello que se reconoce como “la segunda ola”. Es decir, un movimiento que pone en tela de juicio todos los aspectos de la sociedad patriarcal y no solamente reivindicaciones de igualdad en términos políticos, civiles o sociales.
En la década del 70 se inició la generación de grupos que siguiendo y traduciendo el material de otras mujeres de los países centrales, teorizaron y configuraron un programa estratégico de emancipación para las mujeres, que combinaron con acciones por la despenalización del aborto y la lucha por el divorcio vincular, por el reconocimiento de los hijos llamados ilegítimos, por la patria potestad, la denuncia pública de la violación, los golpes y el maltrato tolerado por el machismo, por el libre uso del cuerpo y contra la discriminación a la homosexualidad, por un mayor reconocimiento de la sexualidad femenina y una relación sin prejuicios con su cuerpo tendiente a mejorar su autoimagen. Estos grupos no se interesaron en la escritura, pero prepararon el terreno con sus experiencias para las generaciones posteriores.
Esta nueva camada de feministas también cuestionó el autoritarismo tanto del estado como de los partidos políticos y la educación. Iniciaron un rescate del pasado de luchas de las mujeres con el fin de reconocerse en su propia historia, de apropiarse a través de la memoria histórica de las diversas modalidades de la opresión, probando que el feminismo tiene un basamento que viene desde los principios de la experiencia histórica.
En el nivel de organización se formaron grupos autónomos de mujeres que pronto chocaron con la militancia partidaria, por derechas y por izquierdas, quienes de manera antidemocrática se negaron a aceptar el derecho de “las demás” a la autonomía.
También se generaron grupos que sin ser feministas, integran el movimiento de mujeres, participando activamente en los reclamos tradicionalmente específicos del Género. Son grupos más conservadores que mantienen una actitud militante y atenta hacia determinados aspectos de lo femenino para articular diversas estrategias frente a las crisis socioeconómicas: Se constituyeron “ligas de amas de casa” que intentaban defender los precios de la canasta familiar. Asociaciones civiles de voluntarias orientadas en la creación de comedores y guarderías para niños. Hasta llegar a la formación de grupos de madres durante la Dictadura que se unieron para exigir la liberación de sus hijos secuestrados. Estos grupos son el paradigma de una práctica política surgida a partir de un dolor individual. Con los discursos y prácticas de las madres en el reclamo de justicia y lucha contra el autoritarismo, la maternidad adquirió otro significado. Dejó la intimidad del hogar, subordinada a la autoridad masculina y a los gobernantes en la sociedad. De esta forma, este movimiento animado por una concepción profundamente ética, se levantó como un contra modelo a un sistema regido por la ley de los mercados.
Perspectivas
Que son las más testarudas,
Las ovejas y las cabras
Las mujeres y las mulas.
Copla popular hispanoamericana.
Indudablemente en los últimos años las mujeres han aumentado significativamente su presencia en ámbitos que le habían sido vedados o sumamente restringido. Más aún, esto ha llevado a pensar que el fin del patriarcado se encuentra al final de un tramo breve de un camino prefijado.
Sin embargo, los frutos de estos avances han sido disfrutados por un número muy pequeño de mujeres en relación a la totalidad de la población femenina. Esta situación general, lejos de reducirse, se encuentra incrementada en América Latina.
Pero, la reflexión no debe circunscribirse a un inventario de los logros de algunas mujeres. ¿Cuántas de nosotras o ellas han debido echar mano a estrategias patriarcales para imponerse en esta sociedad tan desigual?
Si entendemos que el patriarcado no es solamente la dominación del sexo masculino sobre el femenino sino un sistema de dominación de una persona sobre otras más débiles, comprenderemos mejor esta cuestión.
Estas modificaciones también han abierto la agenda de desafíos para el movimiento feminista.
Así, a partir de los años 80 dentro del feminismo hubo una reorientación de los estudios de la mujer hacia los sectores de mujeres más explotadas y oprimidas: obreras, campesinas, pobladoras de barrios. Esto implicó un cambio de táctica, al entender que los planteamientos tajantes y excluyentes del feminismo chocaban con los prejuicios sociales y sexuales de muchas mujeres latinoamericanas. Se comenzó a plantear la necesidad de una propuesta social alternativa que superara tanto las contradicciones del sistema capitalista como las del llamado “socialismo real”, en lo que a cuestiones de Género se refiere.
Las experiencias socialistas latinoamericanas tampoco proporcionaron la ansiada equidad e igualdad de género prometida con la superación de la lucha de clases.
El patriarcado, es decir, el régimen de dominación ejercido sobre las mujeres, que son discriminadas y marginadas aun siendo mayoría en el conjunto de la población, coloca a las feministas en una posición privilegiada, ya que les permite comprender el hondo significado de otros grupos oprimidos y discriminados.
Esta conciencia ha llevado al feminismo latinoamericano a establecer cada vez más alianzas con los grupos indigenistas, campesinos, obreros, a condición de que éstos también reconozcan como propias las reivindicaciones del feminismo.
Al mismo tiempo, las ha abierto al diálogo con las militantes de partidos políticos, algunas de las cuales también han madurado, integrándose a los grupos feministas en una forma de doble militancia, muchas veces conflictiva pero también fructífera.
Esta puja entre, las mujeres militantes de partidos políticos que intentan manipular a los grupos feministas autónomos, es uno de los desafíos a superar. Para ello las militantes partidarias deberán comprender que, por encima de sus partidos, están los intereses históricos de la liberación de las mujeres.
En el marco de este nuevo proceso llamado “globalización neoliberal”, que, por sus efectos excluyentes, vuelve inaplicables buena parte de los derechos obtenidos por la lucha de las mujeres en estos últimos decenios, también se impone como indispensable proponer alternativas reales para encarar las nuevas modalidades que adopta la desigualdad entre los géneros.
Por eso se apunta a construir un relato de Historia Social cuyo protagonismo estuviera encarnado en las mujeres anónimas que participaron en todos y cada uno de los procesos históricos latinoamericanos.
A partir de estas experiencias y los aportes que cada grupo de mujeres pueda realizar, teniendo en cuenta que las realidades de Género están estrechamente entrelazadas con realidades de clase, de pertenencia a etnias y culturas, de opciones individuales y de inserción de cada grupo en los procesos sociales, políticos económicos y culturales más amplios. De esta forma las mujeres no tendremos solamente una historia propia que nos visibilice. Sino reconstruir un relato histórico sin exclusiones no sólo de género sino de todos los sectores subalternos, oprimidos y dejados de lado.
[1] El grupo de los guajiros subsiste hasta la actualidad y mantiene su lengua original lo que permite verificar y extrapolar este conocimiento.
[2] Esteban E. Mosonyi, La sexualidad indígena vista a través de dos culturas: waraos y guajibos, UCV, Caracas, 1984.
[3] Esteban E. Mosonyi, La sexualidad indígena vista a través de dos culturas: waraos y guajibos, UCV, Caracas, 1984.
[4] Los cronistas españoles atribuyeron esta práctica al deseo de las jóvenes indias de preservar sus cuerpos. Así el cronista Fernández de Oviedo afirma: “Las viejas han de parir, que ellas no quieren estar ocupadas para dejar sus placeres ni preñarse para que pariendo se les aflojen las tetas de las cuales muchos se precian y las tienen muy buenas”. L. Vitale Historia y sociología de la mujer latinoamericana, Fontamara, Barcelona, 1981.
[5] Luis Vitale, Las guerras civiles de 1851 y 1859 en Chile, Cuadernos de investigación del Instituto Central de Sociología de la Universidad de Concepción, 1971.
Tags: historia mujeres patraircado originarias politica feminismo
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Un Comentario »
Claudia — 27-02-2009 - 20:14:51 GMT -3
Excelente artículo. En mi familia hay muchísimas historias de mujeres que me fueron reveladas por mi abuelo.. un gran admirador de las mujeres. Un abrazo.
Claudia
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