El problema sexual aucan — 09-11-2008 GTM -3 @ 23:44
Por Rafael Barrett (Ensayista del Siglo XIX)
Tercera conferencia a los obreros paraguayos
Queréis ser fuertes y justos: queréis abolir el odio y establecer la humanidad sobre la tierra.
Para esta obra no basta la masa trabajadora que cubre hoy los continentes, sufriéndolo todo y realizándolo todo. No sois sino una ola del amargo mar irresistible que lavará las cosas y las conciencias. ¿Cuánto viviréis? Un segundo. No basta el espacio: es necesario el tiempo.
No basta llenar el mundo con vuestra carne dolorosa y vuestro pensamiento ávido. Es necesario llenar el siglo.
Hay que renacer sin descanso. Tenemos contra la muerte el amor.
Detrás de nosotros están nuestros hijos. Nuestros hijos: el sueño logrado, la promesa que se cumple, la esperanza de pie.
¿Qué generación se atreverá a llamarse fuerte y justa si no deja hijos fuertes y justos?
¿Existir? Sobre todo durar.
El problema sexual es el problema de los hijos, el problema de la continuidad de nuestro esfuerzo.
Mirad en torno de vosotros, y no veréis sino el designio formidable de la renovación universal.
Es para asegurar el porvenir de los gérmenes que la raíz se hunde bajo las piedras y la hoja respira. Si los árboles ensanchan su ramaje es para multiplicar con el número de frutos las probabilidades de la reproducción. Si las flores agotan en sus cálices la purísima paleta del arco iris, es para seducir a los insectos y confiarles el mágico polen que engendrará las flores de mañana. Hay alas temblorosas, suspendidas un instante en un rayo de sol. Aparecen, se fecundan y se desvanecen. Dieron la existencia casi al recibirla, pues no es existir lo que importa, sino volver a existir. No es ser lo que importa, sino avanzar. Y morir es avanzar a través de la sombra. ¿Por qué tejen con tanto cariño sus nidos las aves parejas que se adoran a veces con fidelidad de esposos? Porque los pajarillos al romper asustados el huevo están desvestidos e inermes; exigen protección, y proteger es amar. Todo el amor, todos los amores, los que sentimos hacia los seres más extraños a nosotros, hacia los objetos inanimados, hacia lo inaccesible, lo ausente, lo difunto, lo olvidado; hasta los amores que sentimos hacia lo que no conocemos y hasta aquello mismo que nos odia, salieron del nido, de la debilidad sagrada de nuestros niños que es preciso salvar, pequeñas naves que cruzarán el tiempo, vencedoras de la muerte.
Y notad que ese amor es tanto más indispensable cuanto mayores son los peligros que amenazan el nido. Si se disminuye su solidez material, forzoso es aumentar su solidez moral. El amor heroico brota del extremo riesgo. Hace miles y miles de años, cuando ya en la frente del hombre resplandecía el genio, sin habernos aún desprendido completamente de los misteriosos limbos animales, eran grandes enemigos nuestros el frío y las fieras. Nos refugiábamos, mitad bestias, mitad Prometeos, en cavernas alumbradas por los salvajes resplandores de la llama; la llama, lo único que habíamos arrancado a la naturaleza hasta entonces, la llama que hace retroceder a los glaciales fantasmas del caos, la llama, imagen de nuestro espíritu. Nuestro nido era de fuego y de luz. El hogar, más que una fortaleza, era una antorcha. En él, iluminados por la llama, defensora de nuestros niños, nos hicimos robustos y amorosos, y empezamos a conquistar el universo.
No nos hemos contentado con sobrevivir a otras especies; hemos extendido nuestros dominios naturales de tal modo, que los proyectos más locamente grandiosos son posibles a nuestra imaginación. Hemos recorrido un trozo de infinito. ¿El fuego? No sólo le hemos aprisionado; le hemos domesticado y amaestrado; es nuestro dócil, poderoso, múltiple e inagotable sirviente. ¿Fieras? Nos divertimos en cazarlas. ¿Hielo? Lo fabricamos, nos lo comemos en verano y por deporte viajamos hacia el polo. ¿Torrentes? Los hacemos pararse a regar nuestros jardines. ¿Tempestad? Un vidrio la detiene. ¿Rayo? Le hemos reducido al silencio, le hemos encerrado en un hilo, le hemos obligado a velar dulcemente nuestras noches de estudio o de ensueño, y a llevar nuestras órdenes bajo la inmensidad de las aguas. Delante de lo tenebroso no hay ya en nosotros miedo, sino desafío. Al abismo ha contestado la mirada.
¡Ay! Toda esa seguridad, todo ese orgullo, toda esa victoria no es para todos, sino para unos cuantos. Una minoría traidora ha despojado al resto; los tesoros que la energía común arrebataba a lo desconocido cayeron en poder de los que nada tenían sino la codicia y lo cruel; el hierro y el oro y la ciencia fueron escamoteados por los que nada construyeron, nada descubrieron, nada adivinaron; el palacio magnífico de la civilización fue salteado por ellos, más y más inexpugnables mediante la ajena desdicha y expulsada de los altísimos muros con su sangre amasados, desnuda y abandonada a la eterna intemperie, quedó casi entera la humanidad. Para ella, es decir, para vosotros los que nada poseéis y todo lo creasteis, no han pasado los siglos. Vosotros siervos del desierto ruso, harapientos acosados hasta dentro de Grecia por la ferocidad genízara, lúgubres habitantes de las cuevas bretonas, mineros enterrados vivos bajo todas las patrias, larvas de los subterráneos de Berlín, de Viena y de Londres, Jobs de los estercoleros de Chicago, campesinos moribundos de Italia y de España, esclavos de los gomales y de los yerbales de América, presidiarios de todas las industrias, huesos triturados por las máquinas, apestados del planeta-miseria, infierno sobre el cual se asientan los Estados, pálido pueblo de suicidas, sin más venganza que el crimen, vosotros estáis aún en la remota edad de las cavernas, peor todavía, porque en vuestras cavernas no hay siempre la llama: vuestros niños se hielan; la llama de vuestro espíritu la apaga la desesperación.
Y es que hay algo más terrible que conquistar la Naturaleza: conquistar el hombre. Hay algo más rebelde que la roca, más frío que los témpanos, más despiadado que las fieras y las tempestades, y más negro que todos los abismos: el corazón del avariento.
Innumerables pues, innumerables y malditos, tenéis que reconstituir lo humano, ya que estáis solos en medio de lo que no es humano. Tenéis que triunfar por vuestros hijos. Tenéis que contraer alianza con la mujer, alianza íntima y suprema, sin la cual de nada sirve la alianza de los hombres entre sí. Los hombres proyectan el futuro; las mujeres lo hacen. Amadlas, y vuestros hijos encontrarán menos odio sobre la tierra. Si le hacéis traición se hará traición a vuestros hijos. Si no tenéis compasión de ellas, no habrá compasión para vuestros hijos. Si las abandonáis, abandonáis el mundo a la casualidad, y la casualidad no tiene entrañas.
¡Piedad para las mujeres pobres! ¿Qué es vuestra miseria comparada con la suya? Para el capitalista la mujer es sencillamente una bestia más barata que el hombre y el niño una bestia más barata que la mujer. Miles de obreras, en las principales ciudades, se sostienen con sesenta y cinco o setenta céntimos de franco al día. Si el trabajo se encarece consiguen no perecer con veinte céntimos. ¿Sabéis a cómo se paga la costura de corsés en Alemania, en la gran Alemania? A céntimo y medio la hora. Muchas de estas infelices cosen acostadas, para no padecer tanto de la falta de alimento. Su suerte no es preferible a la de esas jóvenes que en las estrechas galerías de las minas arrastran, medio desnudas y a cuatro patas como perros, las vagonetas de carbón. ¿Pero son tantas las mujeres que trabajan?, preguntaréis. ¡Ah! Solamente en Francia, en la ilustre Francia, trabajan cerca de siete millones.
No es lo espantoso que el hambre de la mujer sea peor que la del hombre, lo espantoso es que al hambre femenina se agrega una plaga especial, la prostitución. Era lógico que los más débiles entre los débiles fueran los más cobardemente torturados. Al macho que combate se le puede arrancar la salud, la razón, la existencia, no el sexo. A la mujer se la arranca todo, y además el sexo. Se le arranca el sexo mediante la ignominia. A tal grado de horror hemos llegado, a envenenar el amor en sus fuentes, a convertir la santa ánfora de la felicidad y de la vida, la mujer, es decir, la madre, en una cosa obscena, donde todos escupen riendo. La triste y ronca prostituta que pasa, es el espectro mismo de la humanidad. Prostituta, hermana nuestra, en tus ojos no hay ya lágrimas, en tus cabellos no hay brisa, ni juventud en tu boca, ni esperanza en tu corazón. Han destruido a puñaladas la fecundidad de tu vientre. Todo lo has perdido, hasta el recuerdo, hasta el dolor y el deseo de morir. Te crees tal vez un cadáver que anda. Pero nosotros, hermana, tendremos esperanza por ti y te devolveremos cuanto te quitaron y te resucitaremos.
Oíd. Donde la mujer no es respetada ni querida no hay patria, libertad, vigor ni movimiento. ¿Por qué es esta raza una raza de melancólicos y de resignados? ¿Por qué aquí todos los despotismos, todas las explotaciones, todas las infamias de los de arriba se ejecutan con una especie de fatalidad tranquila, sin obstáculo ni protesta? Es que aquí se le reservan a la mujer las angustias más horrendas, las labores más rudas; porque no se ha hecho de la mujer la compañera ni la igual del hombre, sino la sirvienta; porque aquí hay madres, pero no hay padres. Y estos hombres a medias, mientras no completan su virilidad en el hogar, están sentenciados al desastre.
No engañéis pues a la mujer, no la empujéis hacia la sima. Vuestras manos, que se robustecieron en la lucha, que se ennoblecieron en la humilde labor cotidiana, no están hechas para ayudar a caer sino para ayudar a levantarse. ¡Amad!, eso es todo... Amad, y seréis divinamente compasivos. El que ama es verídico, fiel, inconmovible. ¿A qué más código? ¿A qué más sacramento? No hablo del amor libre porque el amor siempre fue libre, y si no es libre no es amor. No es la cuestión libertar el amor, sino tenerlo. Amad pues, y despreciaréis las fórmulas y las ceremonias. Y los gratuitos juramentos ante el altar y ante el juez. El amor es más grande que todo eso. Amad, y basta. Amad y fundaréis la familia invencible. Esperad el amor, no derrochéis en estériles caprichos el capital genésico de que sois depositarios. Esperad y la mujer vendrá, la elegida, la que os dará el más sano y copioso fruto, los mejores hijos, los triunfadores de mañana. Vendrá la mujer única, la vuestra. Y cuando la poseáis sentiréis que lo que contra vuestro pecho palpita es la estatua ardiente del destino. Sed fecundos. Dejad que los ricos, dejad que los poderosos, después de haber robado a la humanidad, pretendan robar a la naturaleza, limitando la prole a una cantidad convenida, y transformando el amor en un vicio solitario. Dejad que aparezca en ellos este signo de la decadencia irremediable. Es como si un instinto de enfermos advirtiera a los plutócratas de la inutilidad de su sexo. Es como si comprendieran que están condenados a la desaparición y que lo más sabio es no tomarse la molestia de nacer, y agotar entre pocos cuanto antes el resto de su miserable historia. Pero vosotros no sois los despojos del pasado, sino la semilla de lo venidero. Sacudid al viento vuestro polen generosamente. Sed el ejército que no acaba nunca ni en ninguna parte. Sed incontables como las estrellas del cielo. No vaciléis ante las penas que aguardan a vuestros hijos. Si los engendrasteis con amor, no temáis. No hagáis caso de los que atribuyen la miseria al exceso de población. No es la población lo que empequeñece la tierra, sino el egoísmo. Amad y la tierra se ensanchará sin límites. A pesar del dolor y de la injusticia la vida es buena. Debajo del mal está el bien; y si no existe el bien lo haremos existir y salvaremos al mundo aunque no quiera.
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